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TRUMAN CAPOTE: UN ESCRITOR DIVIDIDO EN DOS

27/08/14.-¿Quién se parece más al verdadero Truman Capote,Philip Seymour Hoffman en «Capote», de Bennett Miller (2005) o Toby Jones en «Infamous», de Douglas McGrath (2006)? Ambas películas, aparecidas casi al mismo tiempo, cuentan aproximadamente la misma historia: el largo y doloroso proceso creativo de la novela «A sangre fría» y la forma en que la relación con los dos asesinos, los largos años de conversaciones y de obsesión, el enamoramiento incluso, acabaron por destruir emocionalmente y literariamente a Truman Capote.

Seymour Hoffman es un actor genial y estaba muy bien en «Capote», pero yo diría que era Toby Jones, el más frágil, el más juguetón de los dos, el que más se aproximaba a la verdadera personalidad del autor de «Música para camaleones». «Conejito», «pequeño koala», «ardillita», «hormiguita genial» son algunos de los apelativos que Gerald Clarke le dedica a «Capote» en la biografía que escribió sobre él y en la que se basan ambas películas.

Un ser intensamente frágil, un personaje inventado a sí mismo, femenino, vulnerable, maledicente, fascinado con las estrellas de cine y con las mujeres muy ricas, una mariposa social que habla con el afectado ceceo de las damiselas de buena sociedad. No es extraño que la brutalidad del sur le destruyera.

Truman Capote nunca logró terminar la que debería convertirse en su obra maestra, «Plegarias atendidas», que debía de ser algo así como una «En busca del tiempo perdido» moderna, y en la que pretendía convertirse en una especie de Marcel Proust de las fiestas
Capote nunca logró terminar la que debería convertirse en su obra maestra
de la alta sociedad de Manhattan. Sería difícil encontrar un personaje más dolorosamente escindido.
El alcohol, las drogas, la homosexualidad, claro, pero también la existente entre los orígenes sureños, tan maravillosamente evocados en «El arpa de hierba» o en los «Tres cuentos» y el deseo de ser un escritor infinitamente mundano y sofisticado.

La contradicción entre la lírica prosa de cristal y la desnuda brutalidad de los hechos. La fascinación con el mundo de Proust, a quien Capote veía sobre todo como un autor maledicente, una especie de cronista de sociedad, y el lenguaje trémulo y con acento rural de los asesinos de «A sangre fría».

Arrastrado por el crimen
La misma contradicción de Holly Golightly, la sofisticada joven que desayuna frente a la joyería Tiffanys y que se llama en realidad Lula Mae y se casó a los trece años con un granjero en Texas.

¿Por qué la «ardillita», «la hormiguita genial», «el pequeño koala» se vio arrastrado de tal modo por la historia de un crimen brutal y sin sentido? Está claro que un escritor nunca escribe lo que quiere ni tampoco lo que cree que debería escribir, sino lo que fatalmente, y a veces en contra de sí mismo, la sangre le pide que escriba. Truman Capote quiso ser Marcel Proust pero no tuvo más remedio que ser Truman Capote, el autor de un libro que le destruyó, pero también le hizo inmortal.´
(Artículo de Andrés Ibañez aparecido en el ABC el 27-08-2014)


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