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ANA MARÍA MATUTE DESVELA AL FIN SUS "DEMONIOS FAMILIARES".

24/09/14.-«Como si hubiera aparecido un buen día debajo de una de las coles del huerto, que con tanto mimo trataba Mada». Con esta frase se despide Ana María Matute (1925-2014) de sus lectores. Es el final (inacabado) de «Demonios familiares» (Destino), novela póstuma de la premio Cervantes, que llega hoy a las librerías. Lo hace envuelta en ese aura de misterio y fantasía que siempre rodeó a la obra de Matute.

En ella, compuesta por apenas 170 páginas, se advierten los rasgos propios de la escritora barcelonesa, que murió sin poder terminar el libro. Pasión contenida, temor inocente, misterios familiares, ausencias acalladas y el amor imposible (o cuanto menos inadecuado) en una trama que se sitúa en la primavera de 1936. Eva, una joven novicia, se ve obligada a abandonar el convento en el que ingresó un año antes al ser incendiado por tropas republicanas.

Regresa entonces a la casa familiar (el Palacio) en un pueblo castellano, donde su padre (el Coronel) vive como si el tiempo no transcurriera, observando el devenir de un país convulso reflejado en un espejo de la sala. El mismo que un día Madre, que murió al dar a luz a Eva, hizo colgar inclinado dando por única explicación que todo era entonces «un paso más allá de lo que parecía», con un aire misterioso que nunca (menos aún tras su muerte) desapareció de la casa en la que aún viven Yago, el criado, y Magdalena, ama de llaves.

Allí, la novicia que nunca quiso serlo se reencuentra con los fantasmas que creyó dejar enterrados al ingresar en el convento. Sin pretenderlo, Eva va conociéndose a sí misma, desnuda frente a esa vida que un día fue suya. Y descubre el amor. El amor prohibido, rechazado hasta la extenuación por la razón que nunca logra gobernar al corazón. ¿El destinatario? Sin desvelar detalles que arruinarían la lectura de «Demonios familiares», podemos decir que el secreto (como tantas veces en Matute) se escondía en el desván.

La novela «es un regalo»
«Eva tenía mucho de Ana María Matute, un mundo misterioso y fascinante, nada obvio», explica la editora Silvia Sesé en conversación telefónica. Por eso Sesé considera que esta novela «es un regalo». «Físicamente no podía, le costaba mucho sentarse a la mesa a escribir, fue toda una odisea. Fue una novela escrita casi como si no quisiera salir de su cuerpo». En los meses previos a su fallecimiento, Matute sufrió varias caídas y unos vértigos que la impedían levantarse de la cama a escribir. De hecho, llegó a plantearse llamar «Vértigo» a la novela, que en un principio surgió con la idea de ser una continuación de «Paraíso inhabitado».

Con la ayuda de su amiga y colaboradora María Paz Ortuño, autora del epílogo de «Demonios familiares», Ana María Matute pudo escribir la historia de Eva («los últimos meses fueron como una rebelión, lo hizo contra viento y marea»), que «es ella en esencia», «por eso era como un pecado no sacarlo a la luz». Un «tesoro» que contiene «algo muy genuino y muy puro», ese afán de una gran escritora por la precisión, intentando «transmitir que hay que tener todo el tiempo del mundo para hacer las cosas bien, y este libro inacabado es como descubrir su misterio».
Los duendes en los que creía Ana María Matute quisieron que en su última novela el lector fuera el dueño del final. Hermoso homenaje para quien fue (y siempre será) hada madrina de las letras españolas.
(Noticia de EFE aparecida en el diario ABC el 24-09-2014).


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