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FRANZEN, ¿EL GRAN NOVELISTA AMERICANO?

14/10/15.-En sus dos primeras novelas, The Twenty-Seventh City (1988) y Strong Motion (1992), Franzen retrata los enclaves urbanos de San Luis y Boston contra un entramado de conspiraciones de signo insondable. Caracterizadas por su autor como ?técnicamente antiautobiográficas?, ambas narraciones se desenvuelven en la estela posmoderna de las ?grandes novelas de sistemas?, al modo de las obras de Pynchon o DeLillo. Con premisas similares, en 1987 David Foster Wallace, publicaba La escoba del sistema. El objetivo era dar con el lenguaje novelístico del tercer milenio. En 1996 Foster Wallace despedía el siglo XX con una obra de las propuestas más radicales de las últimas décadas: La broma infinita. Con algún ribete estrambótico (Franzen llegó a preguntarse si el suicidio de Wallace tenía como fin asegurarse un lugar en la posteridad), la amistad entre los dos escritores (incuestionablemente auténtica por ambas partes), constituye uno de los capítulos más fascinantes de la reciente historia literaria de su país, comparabale a las que mantuvieron en su día Fitzgerald y Hemingway, una mezcla inextricable de admiración, pasión y rivalidad. En tanto que Wallace nunca cuestionó su poética, Franzen sintió muy pronto que algo fallaba en su planteamiento. Quería vender más, y sospechaba que el problema estribaba en que de la novela se había alejado demasiado de las preocupaciones de la gente. En un ensayo titulado Tal vez soñar (1996), Franzen subraya la irrelevancia de la novela en el contexto de la cultura actual. En la era del entretenimiento, sometida al imperio de la imagen, los novelistas llevan todas las de perder. Buscando la manera de dar vuelta a la situación, dio con una fórmula paradójica: ?La única manera de avanzar es retroceder?, concluyó. La solución de los males de la novela contemporánea está en volver a los modelos insuperables de Tolstoy o Dickens.

El resultado práctico de este planteamiento fue Las correcciones, narración que da cuenta de las peripecias de dos generaciones de una familia desestructurada, los Lambert. Las ventas superaron los tres millones de ejemplares, lo cual hizo decir a un crítico inglés que más que una novela, Las correcciones era un ejemplo de lo que debe ser un estudio de mercado. El autor contestó puntualizando que ?el lector es un amigo, no un adversario ni un espectador?. Galardonada con el Premio Nacional del Libro en 2001, Las correcciones fue el fenómeno literario de la década en Estados Unidos. La contradicción inherente a un hecho así es mayúscula: La primera novela norteamericana de relieve del tercer milenio se regía conforme a una poética de la narración que tenía casi dos siglos de antigüedad. Aún así, funcionó.

Franzen afianzó su postura en Mr. Difficult (2002), ensayo en el que reniega de William Gaddis, autor de Los reconocimientos, a quien Franzen había considerado uno de sus maestros. Gaddis es un autor difícil, proclamó Franzen, y si la novela quiere sobrevivir ha de ser necesariamente ?conservadora y convencional?. Tras Las correcciones, siguió un silencio de casi diez años, durante los cuales Franzen buscó escribir una novela que reflejara la compleja realidad de la sociedad norteamericana de nuestro tiempo. Cuando Libertad vio la luz en 2010, la revista Time confirió a Franzen el título de Gran Novelista Americano, reproduciendo una foto del autor en la portada. Tan sólo cinco novelistas ?literarios? habían logrado aparecer en la portada de la influyente publicación antes que Franzen: James Joyce, Vladímir Nabokov, J. D. Salinger, John Updike y Toni Morrison, (Joyce y Updike en dos ocasiones). De manera más general, la crítica caracterizó a Libertad como ?la gran novela americana de la era Obama?.

Libertad es un canto a la estética del realismo, y sin embargo, la sombra que se cernió sobre su gestación, fue la de su amigo David Foster Wallace. Hace tan sólo unos días, el pasado 2 de octubre, en pleno lanzamiento de su novela más reciente, Pureza, Franzen evocaba la misteriosa irrupción de la figura de Wallace cuando, tras años de esfuerzos infructuosos, de manera repentina, una mañana, en la Academia Americana de Berlín, donde llevaba meses atrincherado, encontró el tono y rompió a escribir gozosa e ininterrumpidamente. De pronto, sin venir a cuento, recordó que Wallace no había contestado a un importante email. Alarmado, efectuó una llamada telefónica. Su mujer le explicó que de maneta milagrosa, había sobrevivido a un intento de suicido, del que se estaba recuperando. Franzen acudió inmedatamente a su lado. ?Que el momento en que yo despegaba artísticamente coincidiera con su hundimiento psicológico es algo muy extraño, que hasta hoy sigo sin entender. David y yo habíamos estado muy unidos durante muchos años y a veces pienso que éramos una sola entidad que se desgajó en 2008?, dice Franzen, aludiendo al momento en que, tres meses después, Wallace se quitó por fin la vida. Tras acudir a un servicio fúnebre celebrado en Manhattan, Franzen escribe: ?Al día siguiente me sumergí a fondo en Libertad. Un año después había terminado?.

Con Libertad Franzen logró más ventas y más lectores aún que con Las correcciones, afianzando su reputación como uno de los escritores más influyentes de nuestro tiempo. La crítica, no obstante, se mostró algo más tibia. Para muchos, el libro supuso un retroceso. En Más afuera (2012), Franzen cuenta que tras la publicación de Libertad, viajó a la isla de Robinson Crusoe (donde pasó cuatro años el personaje en que se basó Daniel DeFoe para escribir la primera novela de la lengua inglesa), llevando consigo un ejemplar del libro y una caja de cerillas que contenía una pequeña fracción de las cenizas de David Foster Wallace.

La formidable operación internacional de márketing orquestada en torno al lanzamiento de Purity, impide ver las cosas con suficiente claridad. Como figura pública, Franzen despierta admiración o antipatía a partes iguales. Para unos se trata del escritor norteamericano vivo más importante, para otros de un dinosaurio de la literatura. Sus experimentos con fórmulas caducas despiertan recelo entre muchos de sus colegas de oficio. La crítica se ha mostrado dividida. Muchos se rinden ante sus innegables poderes narrativos, aunque el consenso es que estamos ante su novela más endeble. A modo de síntoma, ahora que el Man Booker acepta títulos norteamericanos, el libro ni siquiera ha logrado pasar el primer filtro. ¿En qué consiste el fallo, si lo hay? La respuesta, quizá, haya que buscarla en la sombra que Foster Wallace proyectará siempre sobre él, una sombra que parece decir que quien apuesta por el pasado se entierra en el presente.

FUENTE: DIARIO EL PAÍS 13/10/2015


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